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Frontón de Boise

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Mark Bieter *

27/03/2012

The Idaho Statesman informó de que los "gritos y hurras que llegaban de los alrededores de las calles Seis y Grove originaron alguna que otra conjetura sobre lo que estaba pasando".

  • Frontón de Boise. Foto: Henar Chico

    Frontón de Boise. Foto: Henar Chico

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Mi ciudad natal, Boise, es relativamente joven. Comenzó como un cuartel del ejército varios años antes de la Guerra Civil de EEUU, una base militar lejana para las tribus que salían a reconocer el terreno. Ni siquiera se constituyó como ciudad hasta 1984 y se convirtió en una polvorienta capital fronteriza con calles sin asfaltar y algunos edificios de piedra de dos pisos.

Boise creció únicamente gracias al auge de los pueblos mineros cercanos. Entonces, los responsables de mejorar la ciudad construyeron un buen sistema de riego y la gente del este comenzó a llegar al mismo tiempo que el dinero. En la década de 1980, Boise contaba con mansiones, un tranvía, edificios icónicos (un teatro de la ópera, un acuario, un ayuntamiento que parecía un castillo). Era una joya en el medio de la nada. Sin embargo, a lo largo de los años, la mayoría de estos edificios antiguos fueron derribados por el tiempo y los nuevos gustos.

Entre los pocos que sobrevivieron se halla un edificio de ladrillo de un solo piso en la calle Grove, a un par de manzanas del Capitolio de Idaho, que no existía cuando se construyó el edificio. Desde fuera, el sitio no llama la atención. Pero si entras y cruzas el pequeño umbral, abres la puerta y es como entrar en otro tiempo y otro lugar. Y te encuentras con lo que, en mi opinión, es uno de los espacios más estupendos de la ciudad, quizá de todo el noroeste de los Estados Unidos.

Se trata de una estancia enorme, de unos 32 metros de largo y 15 metros de alto, con tres paredes de color crema y un suelo rayado de cemento. Aproximadamente la mitad está bajo el nivel del suelo y la otra mitad por encima.

Es un frontón, una cancha para jugar a pelota mano o pala, que es lo mismo solo que se juega con un grueso mazo de madera. El hecho de que este lugar aún se use todos los días después de casi 100 años es sorprendente. Se trata de una intersección única entre el oeste de los Estados Unidos, la arquitectura vasca y la historia del deporte.

Entre los grupos que ayudaron a colonizar Idaho había inmigrantes vascos de la zona española, la mayoría de los cuales encontraron trabajo como pastores. Durante los periodos de descanso, muchos inmigrantes vascos bajaban del monte y se alojaban en las casas de huéspedes, incluyendo la construida por la familia Anduiza en la calle Grove, justo antes de la Primera Guerra Mundial.

Como el resto de las casas de huéspedes en el oeste, la de Anduiza era lo más parecido a un hogar que habían tenido los emigrantes vascos desde su llegada. Dormían en carromatos y tiendas de campaña durante meses, así que seguramente disfrutaban de alojarse en un lugar con techo y comedor. En algún momento la familia Anduiza añadió el frontón para los huéspedes. Probablemente fuera como si un soldado americano hubiera colocado una canasta de baloncesto en una lejana base militar.

Los frontones han sido fundamentales en los pueblos del País Vasco durante siglos. El emigrante vasco trajo consigo esta tradición al oeste americano. La mayoría de las grandes comunidades vascas construyeron canchas y algunas aún siguen en pie: en Elko, Nevada; Jordan Valley, Oregón; y Mountain Home, Idaho. San Francisco cuenta probablemente con las mejores instalaciones de los Estados Unidos, un hermoso frontón relativamente nuevo donde deportistas de todo el mundo compiten regularmente. Los vascos de Bakersfield, Chino y otras ciudades californianas han construido muy buenas canchas privadas.

"Gritos y hurras" por un "extraño juego"

Sin embargo, el frontón Anduiza es el frontón en uso más antiguo de los Estados Unidos. Al parecer ha sido usado considerablemente desde el primer momento. En enero de 1915, poco después de haber finalizado la construcción de la cancha, el periódico local The Idaho Statesman informó de que los "gritos y hurras que llegaban de los alrededores de las calles Seis y Grove originaron alguna que otra conjetura sobre lo que estaba pasando el viernes por la tarde". Se trataba de la presentación en Boise de “un juego extraño que significa tanto para los vascos como el béisbol y el fútbol [americano] significan para los americanos”.

Y es que el juego sí es algo raro. La pelota vasca es casi tan dura como una pelota de béisbol y apenas bota. Los jugadores veteranos pasan años practicando a diario para endurecer sus manos en espera del castigo. Los inmigrantes vascos de Idaho no pudieron permitirse ese lujo. Jugaban en frío.

Un viejo vasco me dijo una vez que los jóvenes (y en aquel entonces solo jugaban los hombres) pegaban a la pelota durante un rato y se les hinchaban las manos inmediatamente. Cuando ya no aguantaban más iban donde el dueño de la casa de huéspedes, “Big Jack” Anduiza. “Usaba una tabla de madera para pisarles las manos y aliviar la hinchazón. Volvían al frontón y jugaban otros cinco tantos. Esos vascos de Euskal Herria eran duros”.

No sé si es verdad. Igual sí. Pero era una buena historia.

Tras las décadas de 1940 y 1950, la inmigración de los vascos disminuyó. Una firma de ingeniería compró la casa de huéspedes Anduiza, pero el frontón permaneció aunque casi nunca se usaba. Se acumuló el polvo y el edificio se avejentó.

Recuerdo la primera vez que fui, de pequeño, durante los años 70. Era un lugar oscuro, que olía a humedad y con mucho eco. Los rayos de luz se filtraban por las pocas ventanas de la parte superior y se extendían a lo largo de las paredes, sobre los cientos de marcas de la pared, de todas esas pelotas, durante todas esas décadas. Se podían oír las palomas en las vigas.

Entonces, la gente empezó a viajar más a menudo. Aprendían el juego en España y lo traían a Boise, y algunas veces los jugadores venían desde California. Un par de pelotaris vinieron a competir cuando era pequeño. Tuve la oportunidad de estrechar sus manos, que eran pequeñas y duras, y fue como darle la mano a un ladrillo.

"Nos concentramos en jugar a pala"

Nuestras manos eran pequeñas y suaves, así que nos concentramos en jugar a pala. Éramos buenos jugadores, no extraordinarios. Perdimos valiosas pelotas en la alambrada que había en la parte superior de la pared frontal. A veces una se perdía por un agujero del techo y la encontrábamos rodando en el callejón al que daba la puerta trasera.

Hacía un calor horroroso en verano. Te morías de frío en invierno. La lluvia resbalaba por la pared lateral, se acumulaba en el rincón y se congelaba por la noche. Pero seguíamos jugando. Nos aprendimos los lugares del suelo donde no botaba la pelota, igual que hicieron los Celtics en la antigua cancha de Boston Garden.

En la actualidad existen ligas organizadas tanto para hombres como para mujeres y la gente usa el frontón casi todos los días, probablemente más que cuando se construyó, durante el gobierno de Wilson. Lo han arreglado, pintado, añadido focos. Es impresionante.

Hace poco, mientras presenciaba un torneo de pala en esa cancha, me di cuenta de que casi no hay instalaciones deportivas centenarias en los Estados Unidos aún en uso. Soldier Field en Chicago, el estadio más antiguo de fútbol americano profesional, fue erigido en 1924 e incluso ese ha sido reconstruido.

Al finalizar los partidos hablé con un buen jugador de pala de California y le felicité por su victoria. Después le pregunté si le decepcionaba jugar en una cancha tan vieja, pequeña, calurosa, e inusual como la nuestra al estar acostumbrado a jugar en la cancha de San Francisco, grande y espléndida. "¡Qué dices!", me respondió. "Nos encanta jugar aquí. Para nosotros es como jugar en Wrigley Field (Estadio de béisbol de Chicago construido también en 1914)".

Traducido por Henar Chico y escrito por Mark Bieter, vasco-Americano de tercera generación, Natural de Boise, residente en Washington DC.

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