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26/02/2020

09:54

Cine

Entrevista

Mikel Rueda: "No nos permitimos el lujo de ser lo que somos"

Natxo Velez | eitb.eus

El director bilbaíno estrena este viernes en los cines de Hegoalde “El doble más quince”, protagonizada por Maribel Verdú y German Alcarazu.

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Maribel Verdú y Mikel Rueda
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Mikel Rueda (Bilbao, 1980) lleva a los cines de Hegoalde, a partir de este viernes, 28 de febrero, “El doble más quince”, en la que participa EiTB, su tercer largometraje tras “Izarren argia” y “A escondidas”. Ana (Maribel Verdú) y Erik (Germán Alcarazu) se topan inesperadamente, y juntos crean un espacio compartido desde el que seguir respondiendo a las preguntas a las que nos enfrenta la vida, no muy diferentes, a pesar de todo, para un adolescente con todo por hacer y para una mujer madura que aparentemente ya habría hecho todo lo que se espera de ella.

Con una personal y cuidada apuesta formal, Rueda pone frente a frente a ambos personajes en un diálogo donde también caben poderosos silencios, que ponen de manifiesto que somos lo que decimos pero también somos lo que callamos, de la misma manera que somos tanto aquello que hacemos como las pulsiones que ahogamos.

Dialogamos con Rueda en una semana loca, en la que se le ha juntado el estreno de “El doble más quince” con el rodaje de la serie “Veneno”, creada por Javier Calvo y Javier Ambrossi, de la que dirige dos capítulos.

Al contrario de lo que suele ocurrir, la idea del largometraje “El doble más quince” es anterior al cortometraje “Caminan”, protagonizado por los mismos actores y desarrollado luego en la película. ¿Qué te ofrecía un formato menos constreñido como el largometraje?

Efectivamente, la idea del largo estaba antes que el corto, pero Zinebi contactó conmigo para hacer “Bilbao.Exterior.Día”, una película coral con directores bilbaínos, y me pareció una estupenda manera de hacer una de las secuencias y testar colores, estéticas, si el guion iba bien encaminado, cómo funcionaba Maribel con Germán… Y lo podía utilizar para buscar la financiación.

Luego, en el largo, me permití más jugar con los silencios, como ya hacía en “Caminan”. Creo que si no hubiera hecho el cortometraje no lo hubiera hecho. “Caminan” dura trece minutos, y su guion contaba con cinco páginas, cuando normalmente suele decirse que una página de guion equivale a un minuto de peli. En “Caminan” me di cuenta que la historia me pedía silencios, me pedía dar tiempo a los personajes. 

Los personajes no necesitan hablarlo todo. Hablan pero también se miran y se callan, y eso salió de “Caminan”. Me he permitido que la película respire, porque los personajes, que son introspectivos y miran mucho hacia dentro, así lo necesitaban.

¿Cómo has trabajado esos silencios? ¿Qué uso hiciste de ellos en el guion y cómo los has gestionado en el rodaje?

Los silencios estaban en guion, pero en el rodaje los he implementado. Tenía la intención de que eso ocurriese, pero fue a partir de “Caminan” que vi que tenía que dejar aire. En rodaje, dejé mucho más a los actores construir desde el silencio de lo que ya estaba escrito.

Fue una mezcla: yo, efectivamente, lo había escrito así, y fue en rodaje donde comprobé que tenía que dejar que eso ocurriese.

Después de trabajar con él en “A escondidas” vuelves a contar con el actor bilbaíno Germán Alcarazu. ¿Qué es lo que te gusta de su trabajo? ¿Cómo lo definirías como actor?

Germán, sobre todo, es intuición. Es un chico que, por decirlo de alguna manera, no está maleado por la profesión. Ahora sí que está estudiando, y cuando empecé con “El doble más quince” noté una gran diferencia con respecto al Germán de “A escondidas”.

Esta vez tuve que quitar algunas cosas que a mí no me gustaban. Es verdad que las escuelas les aportan recursos para tener seguridad en lo que hacen, pero les quitan frescura, e intenté quitar eso. Intenté recuperar al Germán más intuitivo, y él lo entendió muy fácil porque es muy ágil.

En lugar de mecanizar todo, como hacen algunos actores hoy en día, y buscar que salga todo perfecto, siempre igual, quería que fuera intuitivo, que fluyese y se dejara llevar sin preocuparse de marcas ni cosas mecánicas.

Su intuición le aporta una gran frescura, de forma que parece que eso que está ocurriendo está pasando por primera vez, y eso es maravilloso. Es una gozada trabajar con un actor que te da tanto en todo momento.

Gran parte del peso de la película descansa sobre Maribel Verdú. ¿Cómo llegó al proyecto? ¿Cómo ha sido rodar con una actriz de su peso?

En mi cabeza, Maribel estaba desde el primer momento, porque yo escribí el guion pensando en ella y en Germán, pero no tenía ni idea si iba a conseguir que estuviera en el proyecto. Fue a través de Barbara Goenaga, que fue lo protagonista de “Izarren argia”, mi primera peli, y es muy muy amiga de Maribel.

Le llamó, y nos concertó una cita a ciegas. Me bajé a Madrid, nos conocimos y, aunque suene a tópico, fue como un flechazo. Fue algo muy bonito, y nos entendimos desde el primer momento. Ella no había leído ni el guion, y me dijo que quería trabajar conmigo. Luego, además, el guion le encantó y crecieron las ganas. Desde entonces, se ha generado una relación muy especial en la que existen una confianza ciega entre ambos, y ella se permite saltar en muchos sitios donde quizás no hubiera saltado.

Maribel ha aportado mucha solvencia al proyecto, porque trabajar con una actriz con tantísima experiencia enseña a todos, a mí, a Germán y al equipo, y, además, su manera de estar en el set nos ha dado mucha seguridad a todos, que no dejamos de ser un equipo joven.

Tener al lado a alguien de la talla emocional de esta mujer te ayuda mucho a resolver en los momentos de crisis.

A través del continuo desenfoque y los encuadres, aíslas mucho a los personajes de sus entornos. Es más que un recurso estético, ¿verdad?

Sí, por supuesto que es un recurso superconceptual. Una película consigue llegar por un cúmulo de decisiones que tienes que tomar desde dirección. Por un lado está el guion, luego los actores y después cómo vas a enseñar eso.

Soy un poco obseso de los colores y la planificación, y nos sentamos y hablamos muchísimo junto a mi director de fotografía Kenneth Oribe sobre cómo queríamos que se moviese la cámara, qué tipo de lentes usar, qué planos, para qué actor…

El desenfoque lo usamos porque la película al final es un viaje de dos personajes que se permiten a sí mismos ser gracias a que construyen una burbuja y queríamos aislarles por completo. Todo aquel que entra en su mundo está como fuera de foco porque no nos interesa, y aquel que entra es porque invade su espacio.

La idea estaba ahí desde el principio: hay un cambio de color de colores fríos a cálidos, él viste de un rojo vivo y ella de granate, que es un rojo ajado o gastado… Está todo muy medido, porque soy muy obseso del color. En cada plano quería controlar todo, y Maribel me decía: “Estás loco”. Dependiendo en qué momento estuviéramos de la película, el color tenía que ir a un sitio o al otro. No hay ni un solo color en el plano que esté ahí porque sí. Está todo supermedido.

A pesar de tener circunstancias socioeconómicas y vitales diferentes y pertenecer a distintas generaciones, ambos protagonistas están en busca de algo. ¿Qué buscan? ¿Crees que, esencialmente, no cambiamos tanto a pesar de acumular experiencias?

No sé si buscan lo mismo, pero les mueve lo mismo: el miedo. Son dos personajes que se mueven mucho por el miedo, porque no saben qué es esto de vivir. Todos intentamos hacer lo que podemos, pero no tenemos un libro de instrucciones.

Me interesaba juntar la adolescencia y la edad adulta, porque durante la adolescencia te estás formando, no sabes qué quieres ser y te haces muchas preguntas (“¿quién soy?”, “¿qué tengo que hacer?”…), y en la edad adulta, treinta años después, cuando has cumplido con todos los requisitos que te pide la sociedad, por arte de magia vuelven esas mismas preguntas de repente, como un tsunami.

Creo que, a pesar de que les separa una inmensidad de años, ambos mundos están muy parejos, y el motor que hace avanzar a los personajes en una dirección u otra es el mismo: el miedo, el no saber, el querer saber, el querer vivir pero no saber muy bien cómo…

¿Y qué crees que nos lleva a no desarrollar nuestras frustraciones o, como es el caso de los protagonistas, a no comunicarlas? ¿Qué lleva a los personajes a liberarse y qué se dan el uno al otro?

Se dan piel, confianza, reflejo, espejo. De repente, cuando te encuentras con alguien en el que te sientes reflejado, te permites ser. Vivimos en un mundo en el que no nos dejamos ser, estamos siempre con máscaras pretendiendo ser lo que no somos para intentar aparentar algo que no sabemos muy bien a dónde nos va a llevar. Y es que tenemos miedo a ser juzgados, a ser señalados.

No nos dejamos ser, y estos personajes se permiten vivir en una burbuja durante 24 horas, donde se aíslan por completo de sus circunstancias y se permiten ser. No nos permitimos el lujo de ser lo que somos, aunque a veces nos dé miedo serlo.

¿Qué le pides a la película? ¿Qué te gustaría que pensara un espectador que sale de verla?

Sí pediría que se dejen llevar, porque es entonces cuando puede surgir algo. A veces entramos al cine con prejuicios o distraídos, pero es bueno dejarse llevar por las cosas y entregar dos horas de tu vida a ver dónde te llevan. Desgraciadamente, eso se está perdiendo. Vivimos intentando estar hiperconectados, y a veces nos olvidamos de estar con nosotros mismos.

El cine, la sala de cine, tiene esa magia. Durante dos horas, te aíslas en un sitio en el que puedes conectar contigo y con lo que te están contando. Si la gente que va a ver la película se deja llevar, estará muy bien.

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